La productividad laboral volvió a convertirse en prioridad estratégica dentro de las organizaciones. En plena era de inteligencia artificial en el trabajo, automatización y transformación digital acelerada, muchos líderes empresariales asumen que producir más en menos tiempo será una consecuencia casi automática de la tecnología.
Pero la realidad del día a día en los equipos cuenta otra historia.
Hoy, el concepto mismo de competencia profesional está evolucionando en tiempo real. Las funciones cambian, los procesos se redefinen, las herramientas digitales se actualizan constantemente y el aprendizaje se volvió permanente. En este contexto, esperar que la adopción de IA genere aumentos inmediatos en el desempeño organizacional no solo es ingenuo: puede ser contraproducente.
El informe “Tendencias Laborales 2026” de ManpowerGroup advierte un fenómeno preocupante: a medida que la supervisión del trabajo se apoya más en datos y analítica avanzada, las métricas de desempeño se vuelven más objetivas… pero también más limitadas.
Lo cuantificable gana protagonismo.
Lo humano pierde contexto.
Medimos velocidad, entregables, tiempos de respuesta y volumen de producción. Pero ¿cómo medimos la curva de aprendizaje? ¿El esfuerzo de adaptación a nuevas tecnologías? ¿La creatividad aplicada para resolver problemas en entornos híbridos humano-IA?
Cuando los sistemas de evaluación se centran exclusivamente en indicadores duros, el riesgo es invisibilizar el impacto real de las contribuciones individuales y colectivas.
La baja participación y el bajo compromiso de los empleados no son un problema menor. A nivel global, se estima que generan una pérdida de 438 mil millones de dólares en productividad.
La cifra es contundente, pero el fondo es aún más profundo.
La productividad sostenible no depende únicamente de herramientas tecnológicas avanzadas, sino del nivel de conexión emocional y propósito que las personas sienten con su trabajo. Cuando los colaboradores no se sienten escuchados, valorados o comprendidos, el rendimiento puede sostenerse por un tiempo, pero difícilmente crecerá de forma saludable.
La tecnología no reemplaza el compromiso.
Y la automatización no sustituye la motivación.
Existe una narrativa extendida en el mundo corporativo: la inteligencia artificial aumenta automáticamente la productividad.
La experiencia real muestra algo diferente.
En el corto plazo, la adopción de nuevas tecnologías suele generar una caída temporal en el rendimiento. Las razones son claras:
Además, el desempeño vinculado al uso de IA suele ser subjetivo. No todos los equipos reciben la misma capacitación. No todos los líderes cuentan con criterios claros para evaluar resultados en entornos híbridos. Y no todos los trabajadores parten del mismo nivel de alfabetización digital.
En este escenario, muchos empleados incluso expresan el deseo de ser evaluados con mayor imparcialidad, llegando a imaginar “gerentes de IA” que eliminen sesgos humanos en las evaluaciones.
El mensaje de fondo es claro: el sistema actual de medición del desempeño necesita evolucionar.
Cuando el foco excesivo en la productividad no viene acompañado de una revisión profunda de los sistemas de reconocimiento y recompensa, el impacto se traslada directamente al bienestar laboral.
El 63% de los trabajadores en el mundo afirma sentirse agotado.
La presión por producir más, responder más rápido y adaptarse constantemente a nuevas herramientas tecnológicas genera una carga cognitiva significativa. En entornos de transformación digital continua, la fatiga no siempre es física; muchas veces es mental y emocional.
Y el agotamiento sostenido termina afectando precisamente aquello que se busca mejorar: la productividad.
El desafío no es abandonar la productividad como objetivo estratégico. Es redefinirla.
En el futuro del trabajo, la verdadera ventaja competitiva estará en las organizaciones que logren equilibrar tres dimensiones:
Rediseñar los sistemas de desempeño será clave. Esto implica:
La productividad consciente no se define por la cantidad de horas conectadas ni por la velocidad de respuesta permanente, sino por la capacidad de generar valor de forma inteligente, sostenible y humana.
En un entorno dominado por la automatización y la inteligencia artificial, el diferencial no estará en la tecnología por sí sola, sino en cómo las organizaciones gestionen el talento humano que la opera.
Producir mejor no siempre significa producir más.
Significa producir con sentido, con equilibrio y con visión de largo plazo.
La ventaja competitiva no será de quienes adopten primero la IA, sino de quienes comprendan que la transformación digital requiere también una transformación cultural. Una que ponga a las personas en el centro de la estrategia.
Porque, al final, la tecnología puede acelerar procesos.
Pero solo las personas pueden sostener el futuro del trabajo.
Y si estás buscando el MEJOR talento calificado para tu organización, no dudes en escribirnos ahora para conocer todas las soluciones ManpowerGroup.